domingo, 1 de octubre de 2017

PLAN LECTOR: EMIL ZÁTOPEK LA LOCOMOTORA CHECA




CORRER
DE   JEAN ECHENOZ 
SOBRE EMIL   ZATOPEK  (LA LOCOMOTORA HUMANA )
CAPITULO 8

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     Un estilo, en efecto, imposible. Larry Snider no es el primero en observarlo. En preguntarse cómo se las compone Emil.
      Hay corredores que parecen volar, otros bailar, otros desfilar, otros parecen avanzar como sentados sobre las piernas. Algunos dan tan sólo la impresión de ir lo más rápido posible a donde acaban de llamarlos. Emil, nada de todo eso.
Emil parece que se encoja y desencoja como si cavara, como en trance. Lejos de los cánones académicos y de cualquier prurito de elegancia, Emil avanza de manera pesada, discontinua, torturada, a intermitencias. No oculta la violencia de su esfuerzo, que se trasluce en su rostro crispado, tetanizado, gesticulante, continuamente crispado por un rictus que resulta ingrato a la vista. Sus rasgos se distorsionan, como desgarrados por un horrible sufrimiento, la lengua fuera intermitentemente, como si tuviera un escorpión alojado en cada zapatilla de deporte. Está como ausente cuando corre, tremendamente ausente, tan concentrado que ni parece estar cuando está ahí más que nadie, y su cabeza, encogida entre los hombros, sobre el cuello siempre inclinado hacia el mismo lado, se balancea sin cesar, se bambolea y oscila de derecha a izquierda.
     Puños cerrados, contorsionando caóticamente el tronco, Emil hace también todo tipo de cosas con los brazos.  Cuando todo el mundo os dirá que se corre con los brazos. A fin de propulsar mejor el cuerpo, los miembros superiores deben utilizarse para aligerar las piernas de su propio peso: en las pruebas de fondo, el mínimo de movimientos con cabeza y brazos mejora el rendimiento. Pues Emil hace exactamente lo contrario, parece correr sin que le importen los brazos, cuya impulsión convulsiva arranca de demasiado arriba, describiendo curiosos desplazamientos, a ratos alzados o proyectados hacia atrás, colgando o abandonados a una absurda gesticulación, y sacude también los hombros levantando exageradamente los codos como si transportase una carga demasiado pesada. Mientras corre parece un boxeador luchando contra su sombra, por lo que todo su cuerpo se asemeja a un mecanismo descompuesto, dislocado, doloroso, salvo la armonía de sus piernas, que muerden y mastican la pista con voracidad. En suma, no hace nada como los demás, que a veces piensan que actúa atolondradamente.
     Pero no todo es correr a su manera, resulta que también hay que entrenarse. De modo que él también se entrena.
      Sobre esa cuestión del entrenamiento, abundan las teorías de todo el mundo. El sistema sueco, llamado a intervalos, consiste en series de sprints alternados con pausas más o menos largas. El sistema Gerschler preconiza el entrenamiento fraccionado, cronometrado en pista y a ritmo relativamente lento. El sistema Olander prescribe un periodo de footing con cambios de velocidad, pero en pista blanda y en un entorno natural. Emil ha estudiado minuciosamente cada uno de estos métodos, y los ha asimilado uno tras otro para condensarlos en uno solo, el método Emil, que no deja tampoco más que un mínimo espacio a la pura cultura física.
     Todas esas técnicas aconsejan por ejemplo pausas entre los sprints, circuitos de facilidad intermedia que la mayoría realizan caminando. Emil no, él prefiere correr entre dos esfuerzos, convencido de que el organismo se habitúa de ese modo a descansar en plena carrera y, aun en un estado de intenso cansancio, a mantener el ritmo adecuado.
      Todas observan también el principio de mantener la intensidad del esfuerzo a un nivel más bajo que el de la competición: mientras uno se entrena, conviene escatimar las fuerzas que se necesitarán durante la prueba. Emil opina, por el contrario, que es preciso entrenarse lo más duramente posible, multiplicar los ejercicios trabajosos para que la carrera resulte después más fácil.
     A su juicio, ninguna de esas técnicas templa suficientemente la voluntad, al aceptar que el corredor reduzca el ritmo cuando siente que le flaquean las fuerzas. Emil no está nada de acuerdo con eso. Cuando se siente cansado, a poco que advierta el menor peligro de lentitud, se esfuerza de inmediato en acelerar. Su suerte, en ese sentido, es que le gusta sentir dolor. Sabe que puede contar con su amor al dolor y consigo mismo: nunca deja que nadie le dé masajes.
      Ese modo de entrenarse le permite agotar a sus adversarios mediante un gran número de sprints intercalados, al tiempo que se reserva fuerzas para el final, que es siempre sumamente violento. Su ritmo en la carrera se modifica constantemente, a base de tempos rotos y sutiles cambios de velocidad, de los que se quejan amargamente quienes corren tras él. Porque no sólo les resulta casi imposible seguir sin descentrarse la pequeña zancada corta, discontinua, desigual y sincopada que gasta Emil, no sólo esos incesantes cambios de ritmo les complican horrorosamente la vida, no sólo esa cadencia extraña y cansada, acompañada de gestos rígidos de autómata, los desalienta porque los engaña, sino que el continuo balanceo de la cabeza, sumado al incesante molino de los brazos, les produce casi vértigo.
      Nunca, nunca nada como los demás, y eso que es un tipo como todo el mundo. Cierto que hay quien asegura que los intercambios gaseosos de sus pulmones son anormalmente ricos en oxígeno. Cierto que hay quien sostiene que su corazón está hipertrofiado, que tiene un diámetro por encima de la media y que late a un ritmo menor. Pero una comisión técnica médica, especialmente reunida en Praga a tal efecto, desmiente todos esos rumores y afirma que nada de eso, que Emil es un hombre normal, que únicamente es un buen comunista y que eso lo cambia todo.
        Total que nada es seguro, salvo que al parecer ha sabido disciplinar ese corazón y esos pulmones, capacitarlos para los esfuerzos de velocidad más próximos y para recuperarse igualmente deprisa. Ello le permite rematar una larga carrera con un desenfrenado sprint y, sin jadear apenas, salir corriendo a los pocos segundos para recoger el chándal en la otra punta del estadio, y hacer lo mismo al día siguiente.
     Algún día se calculará que, sólo entrenándose, Emil habría dado tres veces la vuelta a la Tierra. Hacer que funcione la máquina, mejorarla sin cesar y arrancarle resultados, eso es lo único que le importa, y es sin duda lo que hace que, para ser sinceros, verlo no sea nada bonito. El caso es que todo lo demás le importa un pimiento. Esa máquina es un motor excepcional en el que se ha omitido montar una carrocería. Su estilo no ha alcanzado ni quizá alcance nunca la perfección, pero Emil sabe que no dispone de tiempo para prestar atención a eso: serían demasiadas horas perdidas en detrimento de su resistencia y del incremento de sus fuerzas. De manera que  aunque no quede muy bonito, se limita a correr como más le conviene, como menos le canse, y se acabó.


                                       VIDEOS SOBRE LAS AZAÑAS DE ZÁTOPEK





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 ACTIVIDAD: Tras leer  el capítulo contesta a las siguientes cuestiones.

Fecha de entrega límite: lunes día 16 de octubre

 En  este capítulo se desgrana  el estilo ( técnica de carrera ) de Emil Zatopek.
  -¿Como lo describe el autor?
 -¿Que sistemas o métodos de entrenamiento aparecen en este capítulo y en que   consisten?
 - Aclara la situación  política  en la que estaba Checoslovaquia en la época de Zatopek.
 - Añade algunos datos importantes  del corredor leyendo alguna biografía buscada en internet.

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